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miércoles, 9 de junio de 2021

Oraciones a San José (3)

Al final de la Carta Apostólica Patris Corde, el Papa Francisco nos invita a dirigir nuestra plegaria a San José, padre de Jesús. A lo largo del documento ha reflexionado sobre la paternidad de José y ahora hace suya una oración en la que pide que el Santo Patriarca se muestre «padre también a nosotros», nos conceda «gracia, misericordia y valentía», y nos defienda «de todo mal». 

Salve, custodio del Redentor  

y esposo de la Virgen María.

A ti Dios confió a su Hijo,

en ti María depositó su confianza,

contigo Cristo se forjó como hombre.

Oh, bienaventurado José,

muéstrate padre también a nosotros

y guíanos en el camino de la vida.

Concédenos gracia, misericordia y valentía,

y defiéndenos de todo mal. Amén.

La Iglesia, desde el principio, ha formulado su fe por medio de oraciones vocales, siguiendo también la tradición del pueblo de Israel. El modelo de todas las oraciones vocales es la Oracion dominical, el Padre Nuestro, que el mismo Jesucristo enseñó a sus apóstoles. También está en la cumbre de las oraciones, el Ave María o Salutación angélica, a través de la cual expresamos nuestro amor y devoción a la Virgen. 

El Símbolo de los Apóstoles o Credo, la Salve (compuesta por San Bernardo en el siglo XII), y otras oraciones que recitamos diariamente, han quedado como patrimonio del pueblo cristiano. Muchas de ellas son oraciones compuestas por los santos y las santas, o están en el gran tesoro de la Liturgia de la Iglesia.

Aunque, especialmente en nuestra época, se valora más la oración sincera y personal con la que cada uno nos podemos dirigir a Dios espontáneamente, sin fórmulas fijas; no se pueden despreciar las oraciones vocales, que tienen una gran riqueza. 

San Josemaría Escrivá de Balaguer, solía poner el ejemplo de la «falsilla», una hoja rayada, que se ponía debajo del papel en el cual se iba a escribir. Las rayas, especialmente para los niños pequeños, eran una magnífica guía para conseguir que los renglones no se torcieran. De esa manera, quienes aprendían a escribir, pronto podían hacerlo sin la «falsilla», que ya no necesitaban porque habían adquirido el hábito de hacerlo correctamente.

En nuestro caso, sabiéndonos siembre «niños pequeños», que apenas comienzan a balbucear, necesitamos siembre la «falsilla», que son las oraciones vocales tradicionales: fórmulas sencillas, de rico contenido, con las que nos dirigimos a Dios, la Virgen o los santos, para alabar, dar gracias, pedir perdón o ayuda en nuestras necesidades. 

De hecho, la oración vocal también debe ser oración mental. Es verdad de que hay el peligro que nuestras oraciones se reciten maquinalmente, sin pensar en ellas o de manera distraída. Por eso, por ejemplo, la Iglesia nos recomienda a los sacerdotes, antes de comenzar la Liturgia de las Horas (que es una oración vocal), que digamos una sencilla oración para pedir que podamos rezar «pie, atente ac devote»: piadosa, atenta y devotamente; despacio, sin prisas, fijándonos en lo que leemos, de modo que «mens concordet voci nostrae», que nuestra mente concuerde con nuestra voz.  

Es muy aconsejable aprender de memoria oraciones vocales, para luego poder repetirlas cuando sea necesario. Los sacerdotes, por ejemplo, solemos decir de memoria las oraciones que hay previstas para el momento de revestirnos con los ornamentos, antes de la Misa. 

Aprovechemos, pues, estas oraciones a San José, en su Año, para hacerlas nuestras y así poder invocar al Santo Patriarca con el tesoro devocional de la Iglesia. 

miércoles, 19 de mayo de 2021

San José, padre en la sombra

Con el final del Tiempo Pascual, también concluimos hoy, 19 de mayo, con el comentario de la Carta Apostólica Patris Corde. En los posts anteriores hemos ido comentando las siete características que señala el Papa Francisco de la paternidad de San José. La séptima es «Padre en la sombra».

«El escritor polaco Jan Dobraczyński, en su libro La sombra del Padre (del año 1977), noveló la vida de san José. Con la imagen evocadora de la sombra define la figura de José, que para Jesús es la sombra del Padre celestial en la tierra: lo auxilia, lo protege, no se aparta jamás de su lado para seguir sus pasos. Pensemos en aquello que Moisés recuerda a Israel: «En el desierto, donde viste cómo el Señor, tu Dios, te cuidaba como un padre cuida a su hijo durante todo el camino» (Dt 1,31). Así José ejercitó la paternidad durante toda su vida (Juan Pablo II, Redemptoris custos, 7-8)» (Patris Corde, 7).

Vale la pena leer la «novela» del autor polaco. Se nota que estudió con cuidado el marco histórico y cultural en el que se desarrollo la vida de la Sagrada Familia. Y, sobre todo, Dobraczyński refleja muy bien los pensamientos, emociones y actitudes que debieron tener Jesús, María y José. Lo hace con gran delicadeza y hondo conocimiento del hombre; y también teniendo presente siempre el gran misterio que envuelve toda su vida. 

José, después de verse envuelto en sucesos inexplicables humanamente, acepta con alegría y fidelidad total la misión que Dios le confiere, de ser el padre del Mesías esperado en Israel. 

En muchos pasajes del libro, el autor nos hace ver que José se sentía plenamente responsable de aquella Familia, que la Providencia había puesto a su cuidado. 

José era padre de Jesús y esposo de María pero, a la vez, se sabía instrumento de un plan sapientísimo, que requería su entrega total. Respetó la decisión de María de mantenerse virgen y, él mismo, también asume este modo de viva. Por eso se llama a San José, padre vastísimo o virginal de Jesús. 

El Papa profundiza en lo que significa la castidad de José. Equivale al amor a la libertad, sin afán de poseer, sino de respetar y dejar libres a los demás, para que, cada uno, sigue el camino que Dios le pide. 

«La castidad está en ser libres del afán de poseer en todos los ámbitos de la vida. Sólo cuando un amor es casto es un verdadero amor. El amor que quiere poseer, al final, siempre se vuelve peligroso, aprisiona, sofoca, hace infeliz. Dios mismo amó al hombre con amor casto, dejándolo libre incluso para equivocarse y ponerse en contra suya. La lógica del amor es siempre una lógica de libertad, y José fue capaz de amar de una manera extraordinariamente libre. Nunca se puso en el centro. Supo cómo descentrarse, para poner a María y a Jesús en el centro de su vida» (Ibidem). 

Y, vivir en la libertad, es siempre darse a sí mismo: amar. El don de sí «es la maduración del simple sacrificio», dice el Papa. 

La misión de un padre es secundar la acción del Espíritu Santo en las almas de los que tiene a su cuidado, porque sólo Dios es Padre y sólo el Espíritu es el Santificador, que nos lleva a Cristo. «No llamen “padre” a ninguno de ustedes en la tierra, pues uno solo es su Padre, el del cielo» (Mt 23,9).

En definitiva, todos somos «sombra del único Padre celestial, que «hace salir el sol sobre malos y buenos y manda la lluvia sobre justos e injustos» (Mt 5,45); y sombra que sigue al Hijo».

En este mes de mayo, a la espera del Paráclito, acudimos a Nuestra Señora, siempre Virgen y siempre Madre. 

miércoles, 12 de mayo de 2021

San José, padre trabajador

El sexto rasgo o característica que señala el Papa Francisco a San José, en su Carta Apostólica Patris corde, es que era «trabajador». Ya León XIII, en sus encíclicas sociales, destaca esta cualidad del esposo de María: era naggar (hebreo), faber (latín), artesano.

Los cuatro párrafos que dedica el papa a este tema los escribe en el marco de la pandemia actual: hay desempleo y falta dignidad en muchos de los trabajos que desempeñan nuestros contemporáneos. Todos los días podemos obtener una indulgencia plenaria si rezamos una oración a san José pidiendo por estas dos intenciones. 

¿Porque subraya el papa estos puntos? Porque «como el ave fue hecha para volar, el hombre fue hecho para trabajar» (cfr. Job 5, 7). San Josemaría (1902-1975) dedicó toda su vida a difundir este mensaje: el trabajo es medio de santificación: santificar el trabajo, santificarse con el trabajo, santificar a través del trabajo. Es —decía— el «marco o quicio de nuestra santificación». 

Todos los hombres dedicamos muchas horas de nuestro día al trabajo, a ocupaciones diferentes que se pueden convertir en trabajo. Un jubilado puede trabajas, un niño puede trabajar, un discapacitado puede trabajas, un enfermo puede trabajar. El trabajo, no necesariamente, de ser remunerado. Hay trabajos que no lo son: el de una madre de familia que hace el aseo de la casa, lava la ropa de la familia y prepara los alimentos. Un enfermo puede estar en la cama y considerar que, su trabajo, en esas circunstancias, es estar en la cama, dejarse ayudar y ofrecer sus dolores por la salvación de los hombres. 

En la Patris corde el papa se refiere particularmente al trabajo remunerado. Sin embargo, hay un concepto de trabajo más amplio, que se aplica a todos los hombres, en cualquier circunstancia en la que estén. Incluso una religiosa contemplativa puede considerar que su trabajo es rezar, estar delante del Santísimo muchas horas haciendo oración. 

El trabajo, para que sea cooperación en la obra creadora, redentora y santificadora de Dios, ha de tener dos cualidades: estar bien hecho y hecho por amor. No es fácil trabajar bien. Hay que poner todo nuestro empeño en aprender a trabajar, poniendo en juego todas nuestras capacidades humanas en esa tarea: entendimiento, voluntad, emociones, habilidades, virtudes (prudencia, justicia, fortaleza, templanza, humildad, etc.). Siempre podemos hacer un poco mejor nuestro trabajo. De esta manera nos santificamos y santificamos el trabajo bien hecho. 

Pero, además, el trabajo debe ser hecho con rectitud de intención: por amor a Dios, para darle toda la gloria. Si un trabajo está hecho por vanidad, con afán de poder, por egoísmo, por un deseo inmoderado de obtener riquezas, etc., ese trabajo no es agradable a Dios.

San José es ejemplo de hombre que trabajaba bien, con perfección humana, y por amor a Dios. 

El trabajo, además, tiene una dimensión social. Es bueno para la familia y la sociedad. Los frutos del trabajo son abundantes. Un pueblo trabajador es artífice de la paz, si ese trabajo es colaboración de todos para el desarrollo humano, cultura y social del hombre.

Recientemente, Mons. Fernando Ocáriz, Prelado del Opus Dei, decía que «el trabajo nos ofrece la oportunidad de progresar en otra de sus dimensiones: la capacidad de acogida y apertura a los demás» (cfr. El trabajo del futuro: dignidad y encuentro). 

¿Qué podemos hacer para lograr el ideal que nos propone el papa: «¡Ningún joven, ninguna persona, ninguna familia sin trabajo!?».

Podemos empezar por nosotros mismos: tener un trabajo que nos dignifique, que sea medio de santificación. Además, podemos influir para que, quienes están más cerca, tengan esta mentalidad de trabajar, bien y por amor. Y, en algunos casos, podremos contribuir, según nuestras posibilidades, a crear fuentes de trabajo, de modo que verdaderamente, como dice el papa, el trabajo se convierta en una oportunidad para acelerar el advenimiento del Reino. 

Hoy se celebra en la Iglesia la festividad del Beato Álvaro del Portillo (1914-1994), sucesor de San Josemaría Escrivá y primer Prelado del Opus Dei. Tuve la fortuna de convivir con él en varias ocasiones (1973-1976, 1983, 1986, 1988…). ¿Qué es lo que me quedó más grabado de esa convivencia? Sin duda, su constante presencia de Dios y su gran humildad. 

En este mes de mayo, también puedo referirme al gran amor que le tenía a Nuestra Señora, especialmente en los «años marianos» que dispuso se vivieran en la Obra con motivo de aniversarios señalados, como los de las fechas fundacionales del Opus Dei (1928, 1930, 1943). Le gustaba contemplar a la Virgen «atareada en las faenas del hogar», un ejemplo sin duda de su trabajo constante, ordenado y lleno de amor a Dios.   


 

miércoles, 5 de mayo de 2021

San José, padre de la valentía creativa

Esta semana, dedicaremos nuestra reflexión al quinto rasgo que señala el Papa Francisco en la paternidad de San José: la valentía creativa.

Al principio de su exposición, en la Carta Apostólica Patris Corde, relaciona esta característica con la anterior: la acogida. De hecho, los cuatro primeros rasgos de San José, como padre, tienen que ver con su modo de ser silencioso y amable: padre amado, padre en la ternura, padre obediente y padre en la acogida. Los próximos dos se relacionarán más con la «acción» de San José, es decir, con el fruto de su profunda vida interior y de amor a Dios, que es la fortaleza para acometer valiente y creativamente la misión que Dios le encomienda, especialmente a través de su trabajo y de su ingenio humano.  

Desde luego, en San José, estas dos dimensiones de su personalidad (oración y acción) van siempre unidas. No hace nada sin contar con Dios. En él se da una profunda unidad de vida. 

El Papa va señalando los distintos acontecimientos que aparecen en la vida de José, desde que conoce a María hasta el final de su recorrido aquí en la tierra. A través de estos eventos nos podemos dar cuenta de que Dios le permitía desarrollar admirablemente sus cualidades humanas de previsión, fortaleza, ingenio y capacidad para afrontar lo que la Providencia iba poniendo delante de él. 

El Papa utiliza la expresión «valentía creativa», que nos sugiere, por una parte, el valor que se necesita para lanzarse a lo desconocido; para arriesgarse sin conocer todos los elementos; para tomar decisiones con rapidez y prudencia, y acertar a resolver los problemas que se presentan con un ánimo firme. 

Por otra parte, la «creatividad» se refiere a la cualidad de poner el entendimiento y la razón en las cosas que se tienen entre manos, descubriendo la multitud de posibilidades que se tienen por delante y escogiendo con arte y maestría las acciones más convenientes. 

En definitiva, el Papa, en este quinto punto de su carta, nos quiere animar a, como decía San Josemaría Escrivá, «poner todos los medios humanos, como si no hubiera ninguno sobrenatural; y poner todos los medios sobrenaturales, como si no hubiera ninguno humano». Esta frase, a mi entender, no quiere decir que, al actuar, nos olvidemos de Dios; o al rezar, de que somos hombres. Quiere decir que, cuando recemos, no dejemos de poner todos los recursos humanos que tenemos a nuestra disposición y, cuando actuemos, pongamos los medios de la gracia sin descuidar ninguno. 

Hay un refrán español que resume bien todo lo anterior: «A Dios rogando y con el mazo dando». Así tiene que ser el talante habitual del cristiano que une admirablemente, en su vida, lo humano y lo divino, sin dejar a un lado lo uno y lo otro. 

San José, no se paraliza al darse cuenta de que sus «recursos humanos» son pequeños. Se sabe pobre y frágil. Es uno de los «pequeños» de los que habla Jesús en el Evangelio. Sin embargo, hace todo lo que puede, en cada caso. De esta manera, es un punto de apoyo para que Dios, con la palanca de su poder infinito, mueva el mundo, para la salvación del género humano. 

«De una lectura superficial de estos relatos se tiene siempre la impresión de que el mundo esté a merced de los fuertes y de los poderosos, pero la “buena noticia” del Evangelio consiste en mostrar cómo, a pesar de la arrogancia y la violencia de los gobernantes terrenales, Dios siempre encuentra un camino para cumplir su plan de salvación. Incluso nuestra vida parece a veces que está en manos de fuerzas superiores, pero el Evangelio nos dice que Dios siempre logra salvar lo que es importante, con la condición de que tengamos la misma valentía creativa del carpintero de Nazaret, que sabía transformar un problema en una oportunidad, anteponiendo siempre la confianza en la Providencia» (Patris corde, n. 5).

Al final de este punto, el Papa desea que reflexionemos sobre el cuidado que San José tiene del Niño y de su Madre. Y nos pregunta cómo imitamos al Santo Patriarca en este punto. 

«Debemos preguntarnos siempre si estamos protegiendo con todas nuestras fuerzas a Jesús y María, que están misteriosamente confiados a nuestra responsabilidad, a nuestro cuidado, a nuestra custodia. El Hijo del Todopoderoso viene al mundo asumiendo una condición de gran debilidad. Necesita de José para ser defendido, protegido, cuidado, criado. Dios confía en este hombre, del mismo modo que lo hace María, que encuentra en José no sólo al que quiere salvar su vida, sino al que siempre velará por ella y por el Niño. En este sentido, san José no puede dejar de ser el Custodio de la Iglesia, porque la Iglesia es la extensión del Cuerpo de Cristo en la historia, y al mismo tiempo en la maternidad de la Iglesia se manifiesta la maternidad de María. José, a la vez que continúa protegiendo a la Iglesia, sigue amparando al Niño y a su madre, y nosotros también, amando a la Iglesia, continuamos amando al Niño y a su madre» (Patris corde, n. 5).

Vale la pena que meditemos despacio lo que nos dice el Papa.  

miércoles, 28 de abril de 2021

San José, padre en la acogida

La cuarta característica que señala el Papa Francisco a San José, en su Carta Patris corde es la capacidad de «acogida». San José es padre en la acogida.

La primera clara muestra de «acogida», por parte de José, es haber recibido a María en su casa, una vez que estaban desposados y él se da cuenta de que Nuestra Señora estaba esperando un hijo, sin que ella le hubiera dicho nada al respecto. 

San José se encuentra con un gran misterio. No desconfía de la Virgen, pero tampoco sabe explicar lo que ha sucedido. Es el ángel, en sueños, quien le indica: «No temas aceptar a María, tu mujer, porque lo engendrado en ella proviene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1, 20-21).

El Santo Patriarca no pone condiciones a las palabras del ángel. Comprende que es un enviado de Dios y opta por la fe. 

El Papa se detiene a analizar esta decisión de José y lo expresa de este modo: «José deja de lado sus razonamientos para dar paso a lo que acontece y, por más misterioso que le parezca, lo acoge, asume la responsabilidad y se reconcilia con su propia historia».

¿Qué significa «reconciliarse con la propia historia»? Me parece que lo que no quiere decir el Papa es que San José es un hombre «realista», que no hace teorías, que cree profundamente en la Providencia de Dios. 

El «abandono en Dios» del que nos habla el Papa no es resignación, o debilidad, o pasividad… Podría darse una actitud «providencialista» en nuestra vida. Es decir, cabe un «abandono» que más bien es comodidad, ingenuidad, falta de realismo. 

El Evangelio nos muestra un San José, por una parte con mucha fe, pero también con mucho sentido común. La actitud de «acogida» de los planes de Dios debe tener esos dos componentes. San Josemaría Escrivá lo expresaba de un modo muy sencillo: hay que tener la cabeza en el cielo, pero los pies en la tierra. 

«Reconciliarse con la propia historia» es, por lo tanto, no vivir «en las nubes» o desear una situación ideal que no corresponde a la realidad en la que vivimos. También san Josemaría recordaba la historia de Tartarín de Tarascón, que iba por los pasillos de su casa con una escopeta intentando cazar leones. Los sueños «tartarinescos» no son buenos. Es mucho mejor tratar de conocerse uno mismo, saber cuáles son nuestras virtudes y nuestros defectos, y aceptar plenamente todas las circunstancias en las que vivimos, sin pretender cambiarlas. 

La propia historia es la propia realidad: vivir con los pies en la tierra. Esto no significa que nos quedemos como apocados y refugiados en un rincón. San José, seguramente, tendría planes para su familia; tendría ilusiones. Pero sabe aceptar los designios de Dios, por ejemplo, de permanecer oculto en Nazaret, trabajando en su taller de artesano por muchos años.

San José no pretende «entender» todo lo que sucede en su vida. Pero tiene «los ojos abierto», como dice el Papa, gracias a su gran fe. Ve más allá. Su mirada se dirige al sentido de su vocación, a lo que sólo se puede ver si se está en sintonía plena con la voluntad de Dios. 

El Papa, al final de este punto, nos ayuda a comprender que, además de la «acogida» de los planes de Dios, está la «acogida» de nuestros hermanos. Tener un corazón capaz de acoger significa también aceptar a los demás como son: con sus defectos, con sus peculiaridades; sin que esas características condicionen nuestro amor hacia ellos. 

La «acogida», en este sentido, está muy relacionada con la «ternura». Si tenemos un corazón grande y compasivo, sabremos acoger con generosidad a nuestros hermanos, especialmente a los más pequeños y débiles, en los que más se muestra la fragilidad humana.

Como hace el Papa, podemos suponer en San José muchas de las actitudes que vemos en Jesús cuando muestra su infinita capacidad de amar en la parábola del hijo pródigo, en el suceso de la pobre viuda del Templo y, en general, en toda su predicación y su ejemplo de vida. 

San José estaría siempre pendiente de María, su Esposa, y aprendería de Ella a comprender más profundamente la importancia de tener un corazón de padre acogedor y cariñoso.  


 

miércoles, 21 de abril de 2021

José, padre en la obediencia

La tercera característica que pone el Papa Francisco en San José es la de «Padre en la obediencia» (cfr. Carta Apostólica Patris Corde).

Sabemos que el papa tiene en su habitación de Santa Marta una figura de San José durmiendo, debajo de la cual pone intenciones que le pide, para que interceda por ellas ante el Señor. Al papa le llama mucho la atención «los sueños» de José. 

En las culturas antiguas era común la creencia de que Dios hablaba a los hombres a través de los sueños. Evidentemente, no es que José haya tomado esa idea de los pueblos paganos. En su caso, no se trató de una «creencia» sino de una realidad: San José tenía la certeza de que Dios le había hablado a través de un sueño. No eran los suyos sueños «normales», como los que podemos tener nosotros. Él sabía que Dios había intervenido en su vida de esa manera para indicarle cuál era su voluntad. 

Si no fuese así, San José podría no haber hecho caso a los sueños que tenía. Era un hombre realista y no era crédulo. La obediencia de San José era auténtica «obediencia de fe». La misma que tuvo María cuando el Arcángel San Gabriel le anunció que iba a ser Madre de Dios y por la cual Ella aceptó el plan de Dios con su «fíat». 

El papa menciona los cuatro sueños de José: 1) el que le indicaba recibir a María como esposa, 2) el que le revelada la necesidad de la huída a Egipto, 3) el de la vuelta a Israel y 4) el que le confirmaba una intuición que José había tenido de no ir a Judea, donde reinaba Arquelao, hijo de Herodes, sino dirigirse a Galilea.

Además de estos sueños, que tienen que ver con un tipo de obediencia —la obediencia a la revelación directa de los planes de Dios, por inspiración personal—, el papa menciona otras clases de obediencia, mas comunes. 

Una de ellas es la obediencia a la Ley. José obedece los mandatos de la Ley civil. Cuando el gobernador Quirino ordena un censo en Israel, y que cada familia vaya al lugar de su origen, José obedece y se traslada de Nazaret a Belén, pues era de la Casa de David. 

También obedece la Ley religiosa, de su pueblo Israel. Circuncida a Jesús a los ocho días de su nacimiento y le pone un nombre. Luego, a los 40 días de nacida, va con María al Templo para que Ella sea purificada. Todos los años hace una peregrinación a Jerusalén, en las diversas fiestas en las que estaba preceptuado asistir a los israelitas. Cumplía con celo todas las prescripciones de la Ley, hasta las más pequeñas, y enseña a Jesús a hacerlo, de modo que Él, en su vida pública dirá que no ha venido a abolir la Ley, sino a darle cumplimiento y que no se puede despreciar ni una tilde de la Ley. 

Pero, sobre todo, San José cumple la Ley de Dios grabada en su conciencia, y se adapta a todos los planes de la Providencia divina. Como para Jesús, su alimento era cumplir la voluntad de Dios en todo. Y eso es lo que enseña, humanamente, a su Hijo. 

La obediencia es «capacidad de escuchar». Eso es, etimológicamente: «ob-audire». Escuchar atentamente es la cualidad central del que es verdaderamente obediente.        

En una homilía en el oratorio de las Hermanas de la Madre Dolorosa, en Roma (19-III-1992), el Papa Benedicto XVI recuerda que quedó admirado ante una imagen de José perteneciente a un viejo retablo portugués. Se veía al Santo Patriarca dormido, en una tienda, pero vestido, de pié y con un bastón, en actitud de alerta, y de estar dispuesto a comenzar a caminar. 

Esa imagen, según el papa Benedicto, representa al hombre de oración (que está atento a la voluntad de Dios, que se le revela en la oración),  pero también al servidor leal, dispuesto a salir rápidamente a cumplir lo que se le indique.

La obediencia de José es inteligente, libre, pronta, alegre y total. En este miércoles, dedicado a él, podemos acudir a su intercesión para que nos ayude —siguiendo también el ejemplo de su Esposa María—, a tener la disposición de vivir esta virtud que nos hará permanecer en el camino y llegar finalmente a la meta a la que Dios nos llama.   

 

miércoles, 14 de abril de 2021

San José, padre de la ternura

El segundo rasgo de la paternidad de José, que el Papa Francisco pone a nuestra consideración, en la Patris corde, es su ternura.

¿Qué es la ternura? El Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua dice que es un «sentimiento de cariño entrañable» (2ª acepción). Lo «tierno» es lo que es «afectuoso, cariñoso y amable» (5ª acepción) o «delicado o suave» (6ª acepción). Lo «entrañable» es lo «íntimo, muy afectuoso».

Esta palabra la encontramos en la Sagrada Escritura. El Papa recoge en su Carta apostólica varias citas sobre la ternura de Dios: 

«Como un padre siente ternura por sus hijos, así el Señor siente ternura por quienes lo temen» (Sal 103,13); «su ternura alcanza a todas las criaturas (Sal 145,9). 

Hay otra palabra castellana que es similar: «compasión». Jesús tiene compasión por la muchedumbre que le sigue. Se compadece del pobre y del pecador.  En el DRAE se define así: «sentimiento de pena, de ternura y de identificación ante los males de alguien». También es ternura, pero añade el matiz de «sufrir con el orto», de compadecerse de su miseria y pequeñez.

Así es el amor de Dios: compasivo y misericordioso; lleno de ternura. Así debería ser nuestro amor hacia nuestros hermanos. Nunca severo y acusador. Al contrario: tendríamos que ponernos del lado del que necesita comprensión y compasión. 

Además, dice el Papa, el amor de Dios —que debemos imitar— aprovecha lo que es motivo de compasión y ternura como punto de apoyo para, con la palanca de su poder, mover el mundo. Dios utiliza nuestras miserias y fragilidades para transformarnos y hacer grandes cosas. Tenemos el ejemplo de San Pablo, a quien dice el Señor: «mi poder se manifiesta plenamente en la debilidad» (2 Co 12, 9): «virtus in infirmitate perficitur». «Cuando soy más débil, entonces soy más fuerte»: «cum infirmor tunc potens sum» (2 Cor 12, 10). San Pablo se gloriaba en su debilidad, porque era una ocasión para que se manifestara el poder de Dios en él. 

Por todo ello el Papa nos anima a aceptarnos tal como somos y también aceptar a nuestros hermanos sin pretender cambiarlos. Ya cambiarán, pero no a base de regaños o malos modos, sino a base de cariño, ternura y compasión. Antiguamente algunos maestros decían que «la letra con sangre entra». Gracias a Dios ya han pasado esas épocas. Sin embargo, ahora, la educación ha virado 180 grados, y la tónica es la «tolerancia» a toda costa. La ternura no puede estar reñida con la verdad. San Pablo lo dice a los efesios: «veritatem facientes in caritate» (Ef 4, 15).

No es fácil compaginar estos dos aspectos del mandamiento de Cristo. La ternura y la compasión no implican pasar por alto los mandamientos de Dios. No podemos dejar a los demás en la mentira y la oscuridad. Es verdad que la ternura auténtica no pone condiciones: se ama al pecador, se haya arrepentido o no. Pero una ternura que, en realidad, sea complicidad con el mal, no es agradable a Dios. 

El Papa nos hace notar que «la Verdad que viene de Dios no nos condena, sino que nos acoge, nos abraza, nos sostiene, nos perdona».

«La Verdad siempre se nos presenta como el Padre misericordioso de la parábola (cf. Lc 15,11-32): viene a nuestro encuentro, nos devuelve la dignidad, nos pone nuevamente de pie, celebra con nosotros, porque «mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado» (v. 24).

La mejor manera de adquirir esa «capacidad de ternura» con los demás es experimentarla frecuentemente en el Sacramento de la Penitencia: 

«Por esta razón es importante encontrarnos con la Misericordia de Dios, especialmente en el sacramento de la Reconciliación, teniendo una experiencia de verdad y ternura» (Patris corde).

San José y María nos enseñarán a vivir esa «ternura» y compasión en nuestra vida ordinaria.      


miércoles, 7 de abril de 2021

San José, Padre amado

Hemos comenzado el Tiempo de Pascua, que tiene una duración de siete semanas, hasta Pentecostés. Me parece que, teniendo en cuenta que también son siete los puntos que el Papa Francisco nos invita a consideras, sobre la vida de San José, en su Carta Apostólica Patris Corde, podemos aprovechar este Tiempo fuerte, en el Año de San José, para meditar despacio cada una de esas expresiones que propone el Papa.

Todas ellas van precedidas por la palabra «Padre». En la introducción, Francisco señala esa misión de San José como la más importante y central: ser «Padre de Jesús» y Esposo de María. Al principio del documento, el Papa se detiene a meditar qué tipo de padre era José, recorriendo toda su vida, y luego nos hace notar cómo el Magisterio de la Iglesia se ha ocupado de resaltar su figura como ningún otra, exceptuando la de María. Los últimos papas han acudido a su protección como «Patrono de la Iglesia» (Pío IX), «Patrono de los trabajadores» (Pío XII», «Custodio del Redentor» (San Juan Pablo II»…

«Con corazón de Padre: así José amó a Jesús, llamado en los cuatro Evangelios “el hijo de José”» (Patris corde, primera línea).

La primera característica de José que señala el Papa Francisco es ser un «Padre amado». Amado por Jesús, amado por María y amado por toda la Iglesia, pues ha entrado en el servicio de toda la economía de la encarnación, como dice San Juan Crisóstomo. 

¿Porqué es amado José? La cita de Pablo VI (Homilía, 19-III-1966), que nos recuerda Francisco, se puede resumir en una sola palabra: por su «amor»; por la donación de sí mismo a colaborar en la obra de la encarnación y de la redención, a través de su trabajo oculto y de su misión de padre.

Por eso, San José merece todo nuestro cariño y, de hecho, no ha faltado en la Iglesia esa gran veneración al Santo Patriarca como lo demuestran las numerosas iglesias en todo el mundo que se le han dedicado. Además, a lo largo de los siglos, muchos grupos de cristianos se han inspirado en él; muchos santos y santas le han tenido gran devoción. El papa se detiene en la que le tenía San Teresa de Jesús, que su gran promotora en el siglo XVI. A partir de entonces, por ejemplo, se incrementó la frecuencia del nombre de José en las partidas de bautismo. En algunos lugares, era casi una costumbre poner «José» a los hijos (al menos como segundo nombre), como sucedía con las hijas, a las que se les ponía el nombre de «María».

«Quien no hallare maestro que le enseñe a orar, tome a este glorioso Santo por maestro y no errará el camino. No quiera el Señor que haya yo errado atreviéndome a hablar de él; porque aunque publico que soy devota suya, en servirle y en imitarle siempre he fallado. Pues él hizo, como quien es, que yo pudiera levantarme y no estar tullida; y yo, como quien soy, usando mal de esta merced» (Santa Teresa, Vida, 6, 8).

Nosotros también somos tullidos espiritualmente y muy necesitados de ayuda, especialmente durante este tiempo de prueba que experimenta el mundo. El Papa desea mostrarnos la figura de José, para que acudamos a él en las grandes pruebas que el Señor ha dispuesto que suframos, para qué él nos enseñe a llevarlas con buen humor y serenidad.  

Las oraciones a San José, incluidas en los devocionarios, son una multitud. Durante este año, se nos invita a recitarlas con frecuencia. Todos los días podemos lucrar la indulgencia plenaria, si acudimos a San José, ofrecemos nuestro trabajo y le pedimos por los desempleados y los que no tienen un trabajo digno. 

Al final de este punto sobre San José como «Padre amado», el Papa nos invita a acudir a él, como lo hicieron los hijos de Jacob, para buscar pan, en Egipto: «Ite ad Ioseph» les diría el faraón. «Vayan a José». Nosotros, en este Tiempo Pascual, acudimos a San José para que nos lleve al Pan Eucarístico, a Jesús Resucitado.        

 

miércoles, 17 de marzo de 2021

San José, modelo de los humildes

En la antevíspera de la Solemnidad de San José, miércoles —día de la semana dedicado al Santo Patriarca— vamos a meditar algunos párrafos de la Exhortación Apostólica Redemptoris Custos de San Juan Pablo II (15 de agosto de 1989).

El Papa quería presentar a nuestra consideración, «algunas reflexiones sobre aquel al cual Dios confió la custodia de sus tesoros más preciosos»..., para que pudiéramos recurrir con más fervor a San José, invocar su patrocinio, y tener siempre presente ante nuestros ojos «su humilde y maduro modo de servir» (n.1).

Nuestra Señora —dice Juan Pablo II—, en su «peregrinación de la fe», se encuentra con la fe de José, que no respondió al «anuncio» del ángel como María; pero hizo como le había ordenado el ángel del Señor y tomó consigo a su esposa. Lo que hizo José es genuina «obediencia de fe» (cf. Rm 1, 5; 16, 26, 2 Co 10, 5-6) (n.4). «José es el primero en participar de la fe de la Madre de Dios» (n.5) 

José. en el momento de su «anunciación» no pronunció palabra alguna, simplemente hizo como el ángel del Señor le había mandado. «Y este primer hizo es el comienzo del  camino de José. A lo largo de este camino los Evangelios no citan ninguna palabra dicha por él. Pero el silencio de José posee una especial elocuencia: gracias a este silencio se puede leer plenamente la verdad contenida en el juicio que de él da el Evangelio: el justo (Mt 1, 19). 

«Hace falta saber leer esta verdad, porque ella contiene uno de los testimonios más importantes acerca del hombre y de su vocación. En el transcurso de las generaciones la Iglesia lee, de modo siempre atento y consciente, dicho testimonio, casi como si sacase del tesoro de esta figura insigne "lo nuevo y lo viejo" (Mt 13, 52)» (n. 17).

El vínculo de caridad entre José, María y Jesús constituyó la vida de la Sagrada Familia. Pero la «expresión cotidiana de este amor en la vida de la Familia de Nazaret es el trabajo». José trabaja como carpintero. «Esta simple palabra abarca toda la vida de José».

Bajó con ellos y vino a Nazaret, y vivía sujeto a ellos (Lc 2, 51). «Esta sumisión, es decir, la obediencia de Jesús en la casa de Nazaret, es entendida también como participación en el trabajo de José (…). Gracias a su banco de trabajo sobre el que ejercía su profesión con Jesús, José acercó el trabajo humano al misterio de la redención» (n. 22).

«Se trata, en definitiva, de la santificación de la vida cotidiana, que cada uno debe alcanzar según el propio estado y que puede ser alcanzada según un modelo accesible a todos: “San José es el modelo de los humildes, que el cristianismo eleva a grandes destinos; San José es la prueba de que para ser buenos y auténticos seguidores de Cristo no se necesitan grandes cosas, sino que se requieren solamente las virtudes comunes, humanas, sencillas, pero verdaderas y auténticas” (Pablo VI, Alocución ,19-III-69)» (n. 24).

«El trabajo de carpintero en la casa de Nazaret está envuelto por el mismo clima de silencio que acompaña todo lo relacionado con la figura de José. Pero es un silencio que descubre de modo especial el perfil interior de esta figura. Los Evangelios hablan exclusivamente de lo que José hizo; sin embargo permiten descubrir en sus acciones —ocultas por el silencio— un clima de profunda contemplación» (n. 25).

«El sacrificio total, que José hizo de toda su existencia a las exigencias de la venida del Mesías a su propia casa, encuentra una razón adecuada “en su insondable vida interior, de la que le llegan mandatos y consuelos singularísimos, y de donde surge para él la lógica y la fuerza —propia de las almas sencillas y limpias— para las grandes decisiones, como la de poner enseguida a disposición de los designios divinos su libertad, su legítima vocación humana,…” (Pablo VI, Alocución, 19-III-69)» (n. 26).

Al acercarnos a la Solemnidad de San José, nos encontramos en el centro del Año de San José proclamado por el Papa Francisco. Podemos terminar nuestra reflexión con la oración a San José que el Papa pone al final de su Carta Apostólica Patris Corde:

Salve, custodio del Redentor
y esposo de la Virgen María.
A ti Dios confió a su Hijo,
en ti María depósito su confianza,
contigo Cristo se forjó como hombre.
Oh, bienaventurado San José,
muéstrate padre también a nosotros
y guíanos en el camino de la vida.
Concédenos gracia, misericordia y valentía,
defiéndenos de todo mal. Amén. 

miércoles, 10 de marzo de 2021

Séptimo Domingo de San José

        El próximo domingo terminamos de meditar los siete dolores y gozos de San José, y nos preparamos para celebrar su fiesta, que este Año de San José tendrá un relieve especial.

El Séptimo domingo de San José tiene como marco el 5º Misterio Gozoso del Santo Rosario: El Niño perdido y hallado en el Templo. 

En esta ocasión, la única referencia al Santo Patriarca son las palabras de la Virgen: «Tu padre y yo te buscábamos angustiados» (Lc 2, 48). María pone en primer lugar a su esposo y luego a Ella. Aunque José siempre aparezca como en un segundo plano, era el padre de familia y quien llevaba la iniciativa de las diversas acciones. En realidad, José era «la sombra del Padre» como hace notar el Papa Francisco en su Carta Apostólica Patris Corde. 

«El escritor polaco Jan Dobraczyński, en su libro La sombra del Padre, noveló la vida de san José. Con la imagen evocadora de la sombra define la figura de José, que para Jesús es la sombra del Padre celestial en la tierra: lo auxilia, lo protege, no se aparta jamás de su lado para seguir sus pasos» (n. 7).

Todo esto aparece de modo especial en el episodio del Templo, cuando Jesús, a los doce años de edad, además de dar una lección a los maestros de Israel, prueba la fe de sus padres.

En esta escena misteriosa de la vida del Señor podemos fijarnos hoy en tres características de la figura de José, por este orden: 1º) su fidelidad al cumplimiento del deber en la vida ordinaria, 2º) su talante valiente ante las contrariedades que surgen en su vida y 3º) su intensa vida de oración.

El quicio firme en el que se apoya toda la vida de José es su sentido de responsabilidad en el cumplimiento de los deberes que había asumido alegremente como padre de familia, esposo y trabajador. Sabe que Dios lo ha escogido para ser cabeza en la Sagrada Familia. De él depende la protección de Jesús y María. Y esto le hace sentirse útil y responsable de su bienestar. 

San José es un siervo fiel y prudente, que Dios ha puesto al frente de su casa. Trabaja y trabaja sin descanso. Observa y resuelve todos los asuntos que lleva entre manos. No se cruza de brazos, sino que aprovecha el tiempo y siempre tiene una actitud propositiva y llena de esperanza.

Podemos imaginar lo que sucedió cuando él y su esposa María se dan cuenta de que, al segundo día de camino, Jesús no está en la comitiva que regresaba a Nazaret. José, rápidamente, toma la decisión de volver a Jerusalén para buscar al Niño, al que encuentran al tercer día. Este dato temporal, que nos ha trasmitido San Lucas, es una figura de los tres días de la sepultura del Señor. Son días de angustia y dolor. Pero, gracias a la responsabilidad y capacidad de decisión de José, logran encontrar a Jesús. 

«La persona que trabaja, cualquiera que sea su tarea, colabora con Dios mismo, se convierte un poco en creador del mundo que nos rodea (…). La obra de san José nos recuerda que el mismo Dios hecho hombre no desdeñó el trabajo» (Patris Corde, n. 6).

San José, además de cumplir bien su deber, tiene la valentía de afrontar todas las dificultades que van surgiendo en la vida de la Sagrada Familia. Se podría decir que adelantó, en su misma carne, la profecía Simeón de que Jesús sería «signo de contradicción» y que a María «la atravesaría una espada». Llevaba la Cruz de Cristo con entereza y valor, porque era un hombre de fe. 

«Dios siempre encuentra un camino para cumplir su plan de salvación. Incluso nuestra vida parece a veces que está en manos de fuerzas superiores, pero el Evangelio nos dice que Dios siempre logra salvar lo que es importante, con la condición de que tengamos la misma valentía creativa del carpintero de Nazaret, que sabía transformar un problema en una oportunidad, anteponiendo siempre la confianza en la Providencia» (Paris Corde, n. 5).

Finalmente, en las últimas palabras que recoge San Lucas del episodio que estamos meditando («Su madre conservaba esto en su corazón»: Lc 2, 51), también vemos reflejado a José. 

«El sacrificio total, que José hizo de toda su existencia a las exigencias de la venida del Mesías a su propia casa, encuentra una razón adecuada «en su insondable vida interior, de la que le llegan mandatos y consuelos singularísimos, y de donde surge para él la lógica y la fuerza —propia de las almas sencillas y limpias— para las grandes decisiones, como la de poner enseguida a disposición de los designios divinos su libertad, su legítima vocación humana, su fidelidad conyugal, aceptando de la familia su condición propia, su responsabilidad y peso, y renunciando, por un amor virginal incomparable, al natural amor conyugal que la constituye y alimenta» (Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Redemptoris Custos, n. 26).

El ejemplo de San José, «maestro de la vida interior y patrono de la buena muerte» (como le gustaba llamarle a san Josemaría Escrivá) nos guiará en nuestro camino para ser fuertes ante la Cruz, que se presenta constantemente, y cumplir fielmente nuestros deberes cristianos.  


miércoles, 24 de febrero de 2021

San José, padre en la obediencia

El texto del Evangelio que meditamos en el 5º domingo de San José es el siguiente:

«El ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: “Levántate, toma al niño y a su madre, y huye a Egipto, y estate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo”» (Mt 2, 13-18).

El Papa Francisco, en la Carta Apostólica Patris Corde (8 de diciembre de 2020) dice lo siguiente: 

«José no dudó en obedecer, sin cuestionarse acerca de las dificultades que podía encontrar: “Se levantó, tomó de noche al niño y a su madre, y se fue a Egipto, donde estuvo hasta la muerte de Herodes” (Mt 2,14-15). En Egipto, José esperó con confianza y paciencia el aviso prometido por el ángel para regresar a su país».

José, padre en la obediencia, en cada circunstancia de su vida, «supo pronunciar su «fiat», como María en la Anunciación y Jesús en Getsemaní. 

Hoy podemos reflexionar sobre la «obediencia de la fe» a partir de la cual se entiende cualquier otra obediencia. Desde luego, hay motivos para obedecer a las autoridades humanas (padres, maestros, gobernantes, etc.), aunque no se tenga fe, pero la razón profunda, para obedecer, de un cristiano, proviene de la obediencia a Dios. Por eso, si obedecemos a Dios, por Jesucristo, entenderemos también la necesidad de vivir la obediencia a los hombres, que han recibido su autoridad de Dios.

El Catecismo de la Iglesia Católica explica qué es la «obediencia de fe»: La Sagrada Escritura llama «obediencia de fe» a la respuesta del hombre a Dios que revela (cfr. Rm 1, 5; 16, 26) (n. 143 del Catecismo).

«Obedecer (ob-audire) en la fe es someterse libremente a la palabra escuchada, porque su verdad está garantizada por Dios, la Verdad misma. De esta obediencia, Abraham es el modelo que nos propone la Sagrada Escritura. La Virgen María es la realización más perfecta de la misma» (n. 144).

Abraham es padre de todos los creyentes. Su fe tuvo que sufrir una prueba que Dios no ha pedido a ningún otro: el sacrificio de su hijo Isaac (cfr. Primera Lectura del 2º Domingo de Cuaresma: Gen 22, 1-2.9.10-13.15-18)). Santo Tomás de Aquino dice que Abraham no pecó contra la justicia cuando iba a sacrificar a su hijo por mandato de Yahvé, porque Dios es el Señor de la vida y de la muerte. Abraham no comprendía cómo Dios le pedía algo contrario a la razón, pero confiaba en que Dios resolvería la contradicción. En último caso, también creía que Dios puede resucitar al hombre de entre los muertos. De hecho, finalmente Dios detuvo la mano de Abraham antes de que ofreciera en sacrificio a Isaac. Lo único que quería es probar la obediencia de Abraham.

¿Por qué lo hizo Dios? Porque quería prefigurar, en ese sacrificio, el Sacrificio de su propio Hijo, al cual no lo reservó, sino que lo entregó por todos nosotros (cfr. Segunda Lectura del 2º Domingo de Cuaresma: Rm 8, 31-34). 

A nosotros Dios no nos pide tanto. Pero hemos de tener siempre presente el ejemplo de Abraham, especialmente cuando no comprendamos porqué el Señor permite ciertas cosas o cuál es la razón de que sucedan algunos acontecimientos, en nuestra vida o en la de los demás. 

San Josemaría solía repetir: «Dios sabe más». Y es verdad. Nosotros sólo tenemos una visión muy parcial de toda la escena del mundo. Al final, cuando todo quede descubierto, veremos la Sabiduría de la Providencia Divina, que todo lo hace para bien de los escogidos; es decir, para el bien de sus hijos.

María es la realización más perfecta de la «obediencia de la fe». Y San José, al ser su esposo, participa de la fe de Nuestra Señora.

«En la fe, María acogió el anuncio y la promesa que le traía el ángel Gabriel, creyendo que «nada es imposible para Dios» (Lc 1,37; cf. Gn 18,14) y dando su asentimiento: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38). Isabel la saludó: «¡Dichosa la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!» (Lc 1,45). Por esta fe todas las generaciones la proclamarán bienaventurada (cf. Lc 1,48). Durante toda su vida, y hasta su última prueba (cf. Lc 2,35), cuando Jesús, su hijo, murió en la cruz, su fe no vaciló. María no cesó de creer en el «cumplimiento» de la palabra de Dios. Por todo ello, la Iglesia venera en María la realización más pura de la fe» (Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 148 y 149).

San José, padre en la obediencia, nos enseñará a amarla cada vez más.

 

miércoles, 6 de enero de 2021

La paternidad de San José

Querido hermano sacerdote:

El Papa Francisco centra su Carta Apostólica sobre San José, Patris Corde, en la palabra “padre”. Y, describe porque es padre con siete calificativos: amado, tierno, obediente, acogedor, valiente, trabajador y humilde. Se podrían añadir muchos más porque la figura de José tiene una riqueza enorme.

Bartolomé Esteban Murillo (1617-1682,
San José con el Niño Jesús

El domingo próximo celebramos la fiesta del Bautismo del Señor. Con motivo de esta festividad podemos fijarnos en los dos últimos versículos del Evangelio (Mc 1, 7-11):

«Al salir Jesús del agua, vio que los cielos se rasgaban y que el Espíritu, en figura de paloma, descendía sobre él. Se oyó entonces una voz del cielo que decía: “Tú eres mi Hijo amado; yo tengo en ti mis complacencias”» (vv. 10 y 11).

Marcos, que recoge la predicación de San Pedro, vuelve sobre estas palabras con motivo del relato de la Transfiguración del Señor:

«En eso se formó una nube que los cubrió con su sombra, y desde la nube llegaron estas palabras: «Este es mi Hijo, el Amado, escúchenlo»» (Mc 9, 7).

Jesucristo es el Hijo amado de Dios, pero también el Hijo amado de San José. San Ambrosio, le llama “esposo de María y padre de Dios”, porque es padre de la persona de Cristo (que es Dios y hombre). Si queremos meternos en el alma del Señor, podemos suponer que, durante su Bautismo en el Jordán, cuando escucho las palabras de su Padre del Cielo, “Tú eres mi Hijo amado”, pensaría también en su padre en la tierra, con quien había vivido tantos años, que le había enseñado tantas cosa en lo humano: que había sido un verdadero padre.

Jesús, a los doce años de edad, se queda solo en el Templo. Sus padres lo buscan durante tres días. San Lucas nos dice:

«Cuando le vieron, quedaron sorprendidos, y su madre le dijo: «Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando». Él les dijo: «Y ¿por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?». Pero ellos no comprendieron la respuesta que les dio» (Lc 2, 48-50).

Jesús no niega ser hijo de su padre, José, pero les recuerda que también es hijo de su Padre Dios. Todos, en Nazaret, conocían a Jesús por el “hijo del artesano” (Mt 13, 55).

San José era verdaderamente padre de Jesús, no sólo “padre legal, o putativo (del verbo latino “putare”: estimar, considerar, pensar, ponderar”), o adoptivo”.

El vínculo paterno-filial entre Jesús y José es más fuerte que el vínculo de la sangre. ¿Quién más fuerte que Dios, de quien procede toda paternidad? Entre los dos no hay un vínculo de sangre, pero sí de amor. Y el amor todo lo puede, lo une, lo agranda.

San Agustín hace la siguiente consideración respecto a la Virgen, que también se puede aplicar a San José:

«Más bienaventurada es María al recibir a Cristo por la fe que al concebir en su seno la carne de Cristo» (San Agustín, De sancta virginitate, 3: PL 40, 398, citado por el Catecismo de la Iglesia Católica, 506).

Es el designio eterno de Dios, aceptado plenamente por la fe, lo que hace que San José sea verdadero padre de Jesucristo; padre virginal del Señor.

En este Año de San José, podemos aprender de su paternidad, que tanta falta hace en nuestro mundo actual. Nos hace falta a los sacerdotes: ser más padre. Les hace falta a los padres de familia: ser mejores padres. San José participa de la paternidad del Padre de los Cielos; en toda su vida, manifiesta que Dios es Rico en Misericordia. Y Jesús lo experimento cada día durante su vida oculta en Nazaret. Él sabía que era Hijo de Dios, pero San José le hacía comprobar, en lo humano, este gran misterio.

¿Cómo ser buenos padres? Leamos con detenimiento la Carta del Papa, Patris Corde o la Exhortación Apostólica de Juan Pablo II, Redemptoris Custos, y el Espíritu Santo nos hablará al corazón para aprenderlo, siguiendo el ejemplo de San José.   

Te envío un saludo afectuoso,

P. Víctor J. Cano

  

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